Durante décadas, vivir en la sierra o en una comunidad alejada en México significaba aceptar una desconexión casi total. Si tenías suerte, el internet llegaba por fichas de 20 pesos la hora en la plaza principal, con una señal que se desvanecía en cuanto soplaba el viento. Sin embargo, el paisaje de las zonas más remotas del país está siendo interrumpido por un objeto extraño: pequeñas antenas blancas rectangulares que apuntan al cielo. Starlink, el ambicioso proyecto de Elon Musk, se ha posicionado en este 2026 no solo como un lujo para «techies», sino como la última esperanza para conectar al México profundo que la fibra óptica olvidó.
La gran diferencia de Starlink frente al internet satelital de hace diez años es la velocidad. Mientras que los satélites antiguos estaban a miles de kilómetros de altura (causando un retraso desesperante), los de Musk orbitan mucho más cerca de la Tierra. Para una escuela en la Sierra Tarahumara o un centro de salud en la Selva Lacandona, esto significa poder hacer videollamadas fluidas o descargar materiales educativos sin que la pantalla se congele. Ya no es solo «tener internet», es tener una conexión que realmente sirve para trabajar y estudiar, con velocidades que a veces superan a las de las ciudades.
Pero, ¿es realmente la solución definitiva? El principal obstáculo sigue siendo el bolsillo. Aunque Starlink ha bajado sus precios en México —con planes residenciales «Lite» que rondan los 1,000 pesos y ofertas en el hardware que lo han bajado de los 8,000 a cerca de los 6,000 pesos—, sigue siendo un costo elevado para el promedio de las familias en zonas rurales. Para mitigar esto, el gobierno federal ha echado mano de la tecnología de SpaceX a través de programas como «Internet para Todos» de la CFE, instalando puntos de conexión gratuita en plazas y edificios públicos. Es aquí donde el impacto es real: cuando el internet deja de ser un gasto individual y se convierte en un servicio comunitario.
Otro factor que ha cambiado las reglas del juego es la llegada de la versión «Mini». Esta antena, del tamaño de una laptop, ha permitido que médicos rurales, ingenieros y hasta ganaderos lleven la conexión en la mochila. En un país con una orografía tan complicada como la nuestra, donde tirar un cable de fibra óptica por un cañón o una montaña cuesta millones de pesos y años de trabajo, enviar la señal desde el espacio es, por pura lógica, la vía más rápida para cerrar la brecha.
Sin embargo, depender de una sola empresa extranjera para conectar al país genera dudas sobre la soberanía tecnológica y el impacto ambiental por la cantidad de satélites en órbita. Starlink es, sin duda, la herramienta más potente que hemos tenido para iluminar el mapa digital de México, pero la «solución definitiva» requerirá que esta tecnología se combine con una infraestructura local más sólida. Por ahora, para miles de mexicanos en la sierra, ese pequeño rectángulo blanco en el techo es mucho más que tecnología: es la primera vez que el mundo deja de estar a kilómetros de distancia para estar a un solo clic.
