San Valentín se acerca y con él la eterna búsqueda del regalo perfecto. En nuestra era tecnológica, los gadgets parecen una opción moderna y atractiva, pero no todo lo que brilla con luz LED es oro. Algunos dispositivos, lejos de conquistar corazones, pueden convertirse en el blanco de todas las bromas durante las próximas reuniones familiares. La línea entre un detalle ingenioso y un auténtico desacierto es más fina de lo que creemos.
Entre los candidatos al trono del peor regalo tecnológico encontramos los wearables de fitness low cost. Estos brazaletes que prometen monitorizar cada paso, cada latido y cada fase del sueño suelen fallar en lo más básico: medir correctamente. Nada dice “me importas” como regalar un dispositivo que te indica que has dormido profundamente mientras veías tres episodios seguidos de tu serie favorita. Si a esto sumamos una aplicación mal diseñada y una batería que no llega al mediodía, el resultado es un objeto que acabará arrinconado en el fondo de un cajón, junto a los cargadores que ya no usa nadie.
Los cargadores con formas de corazón ocupan un lugar destacado en esta lista negra. La intención es comprensible: unir utilidad y romanticismo. La realidad es tozuda: un ladrillo de plástico rosado con un cable enclenque que apenas sujeta el móvil mientras carga. Por mucho que se empeñen los fabricantes, por ahora nadie ha conseguido que un cargador parezca romántico. Además, ¿qué mensaje transmitimos realmente? “Te quiero, pero necesitas repostar energía como un electrodoméstico”.
Las tazas inteligentes que mantienen el café caliente merecen mención especial. Suenan bien sobre el papel, pero en la práctica añaden complejidad a algo tan sencillo como beber una infusión. Requieren su propia base, su propio cargador y su propio espacio en la encimera. Lo que debería ser un gesto reconfortante se convierte en una coreografía de aparatos. Quien recibe este regalo percibe inmediatamente que su pareja cree que es incapaz de tomarse el café antes de que se enfríe, y eso, queridos lectores, es un juicio velado muy difícil de superar.
Cuidado también con los gadgets de cocina con pretendida inteligencia artificial. La máquina que hace cócteles con recetas descargables suena a fiesta, pero en realidad es un trasto enorme que prepara un solo tipo de bebida pasable. El problema no es la máquina en sí, sino lo que representa: la promesa incumplida de un futuro mejor a golpe de clic. El destinatario de este regalo no obtiene una experiencia, obtiene un electrodoméstico más que limpiar y una decepción cada vez que la aplicación deja de recibir actualizaciones, algo que suele ocurrir a los tres meses de su compra.
Los altavoces con formas extravagantes merecen su propio párrafo en este catálogo de horrores. Altavoces con forma de rosas, de ositos, de corazones. La calidad de sonido es siempre secundaria frente a la estética. El resultado suena peor que el móvil del propio receptor y ocupa más espacio. Nadie ha pedido nunca escuchar su lista de Spotify favorita saliendo de un corazón de plástico con parpadeos LED sincronizados. Y, sin embargo, año tras año, estos dispositivos encuentran comprador.
Los purificadores de aire de bolsillo son otro ejemplo de gadget que resuelve un problema inexistente. Pequeños, discretos y completamente inútiles. Prometen eliminar contaminantes en un radio de un metro, algo que ni siquiera los sistemas profesionales consiguen sin un flujo constante de aire. Quien regala esto está pagando por la ilusión de cuidar a alguien, no por un cuidado real. Y la persona que lo recibe lo sabe, aunque asienta con una sonrisa cortés mientras calcula cuánto tiempo debe esperar para deshacerse de él sin herir sentimientos.
La tecnología portátil para mascotas merece un análisis aparte. Collares que traducen supuestamente los ladridos, localizadores GPS que nunca localizan nada, bebederos que necesitan configuración wifi. San Valentín es una celebración del amor humano, y regalar algo pensado para el perro puede interpretarse como un mensaje confuso. Si el destinatario quería un accesorio para su animal, lo habría pedido expresamente. Asumir que cualquier persona con mascota desea convertirla en un nodo del internet de las cosas es, cuando menos, arriesgado.
Al final, el problema de fondo con estos gadgets no es su funcionalidad limitada o su estética cuestionable. El verdadero problema es que intentan suplir con tecnología lo que debería expresarse con intención. Un buen regalo de San Valentín cuenta algo sobre la persona que lo recibe y sobre quien lo entrega. Un gadget olvidable solo cuenta que alguien entró en una tienda, vio algo con luces y lo compró pensando más en el envoltorio que en el contenido.
Quizá este año merezca la pena apagar las pantallas, dejar los folletos de ofertas y pensar en algo más simple. Un libro dedicado, un disco que signifique algo, una experiencia compartida. Porque el mejor gadget es aquel que no necesita instrucciones, no tiene puerto de carga y nunca se queda obsoleto. Y eso, por ahora, no lo venden en ninguna tienda de electrónica.
