Lun. Mar 9th, 2026

La Jabalinada por Bruno Cortés

Al cierre de los mercados este lunes 9 de marzo de 2026, la resaca del más reciente capricho proteccionista de Donald Trump sigue dictando el pulso de nuestra economía. Apenas el mes pasado, la Suprema Corte estadounidense le dio un revés histórico al invalidar sus draconianos aranceles del 25% basados en la ley IEEPA. Sin embargo, en un reflejo pavloviano de su diplomacia de extorsión, la Casa Blanca tardó menos de un suspiro en invocar la Sección 122 para clavarle al mundo, y particularmente a México, un impuesto de importación del 10%. La excusa oficial: equilibrar la balanza de pagos. La realidad: tenernos contra las cuerdas rumbo a la revisión del T-MEC en julio.

Los números son fríos y no mienten. A pesar de que la administración de Claudia Sheinbaum desplegó a 10,000 elementos de la Guardia Nacional en la frontera, logrando que los cruces migratorios irregulares caigan a mínimos históricos este 2026, Washington sigue moviendo la portería. Ya no basta con ser el muro invisible del sur ni con decomisar fentanilo; ahora el tablero incluye amenazas de sanciones por el petróleo que México envía a Cuba y una guerra frontal para erradicar cualquier asomo de inversión china en nuestras tierras.

En los antiguos cafés de Bucareli solemos decir que la política mexicana no es de velocidad, es de resistencia. Pero lo que estamos viendo desde el Despacho Oval no es una carrera, es una trituradora diseñada para la sumisión absoluta. El ala dura del trumpismo entiende que el déficit comercial de Estados Unidos con nuestro país —que obstinadamente se mantiene con un superávit histórico a nuestro favor— es una afrenta a su narrativa del «America First». No están castigando nuestro fracaso, están penalizando nuestro éxito manufacturero.

Hay que leer entre líneas. La imposición de esta nueva barrera arancelaria temporal, disfrazada de emergencia financiera, es una táctica de ablandamiento. Trump sabe que la Suprema Corte le ató las manos para usar la «seguridad nacional» como cheque en blanco comercial, así que ahora recurre a arcaicas leyes de 1974. Busca fracturar la cohesión del bloque norteamericano, obligando a México a negociar de rodillas las reglas de origen automotriz y la apertura de sectores estratégicos antes de que llegue el calor del verano.

El tema migratorio y de seguridad es, a estas alturas, mera pirotecnia retórica. México hizo el trabajo sucio: militarizó la contención, implementó traslados masivos hacia el sur y contuvo el flujo que tanto aterraba al votante republicano promedio. A cambio, recibimos amagos arancelarios continuos y un desdén diplomático absoluto. Es la Doctrina Monroe con esteroides y tuits en mayúsculas. El poder imperial, queda claro, no busca aliados estratégicos; exige vasallos obedientes.

¿Y cómo aterriza esto en el bolsillo del ciudadano de a pie? De la peor forma. Un arancel del 10% en industrias hiperintegradas significa que un solo componente puede cruzar la frontera tres o cuatro veces, encareciéndose exponencialmente en cada aduana. Esto se traduce en un freno brutal a la inversión extranjera directa, un enfriamiento en la creación de empleos formales en el Bajío y la frontera norte, y una innegable presión inflacionaria que terminará pagando el consumidor mexicano en la canasta básica y los bienes duraderos.

Geopolíticamente, México está atrapado en un juego de pinzas letal. Por un lado, Washington exige que cerremos la puerta a la tecnología y los capitales de Beijing; por el otro, castiga nuestra diplomacia histórica intentando asfixiar a La Habana, donde México se ha convertido en el principal proveedor de crudo para evitar un colapso humanitario. La posición de nuestro país como puente de América Latina se tambalea si cede a todas las presiones, pero nuestra estabilidad macroeconómica colapsa si nos jugamos la carta del heroísmo suicida frente al principal socio comercial.

De cara a las próximas semanas, el escenario es de alta tensión. El reloj de los 150 días para que expiren los aranceles de la Sección 122 ya está corriendo. Veremos a nuestra delegación diplomática y comercial haciendo antesala en Washington, buscando exenciones quirúrgicas para el acero y la manufactura clave, mientras el gabinete económico hace malabares para evitar que las calificadoras nos recorten la perspectiva de inversión ante la desaceleración que estas políticas ya están provocando. Las mesas técnicas rumbo a la revisión del T-MEC dejarán de ser reuniones de trabajo para convertirse en trincheras.

El viejo lobo de mar sabe que a un bravucón no se le apacigua cediendo territorio, se le frena con el peso de la realidad. Las cadenas de suministro estadounidenses no sobreviven sin la manufactura mexicana, y la inflación que el propio Trump está incubando en su país será su guillotina política. México necesita dejar la reactividad, valorar el peso específico de sus propias cartas y recordar que, en este ajedrez tridimensional, si el tablero se vuelca, el imperio también se queda sin fichas.

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