Lun. Feb 23rd, 2026

Sentir que nadie te valora lo suficiente, exigirte más allá de tus límites o cargar con un resentimiento persistente no siempre es casualidad. Para algunas corrientes de la psicología divulgativa, estos patrones pueden vincularse con la llamada “herida de injusticia”, un concepto que describe el impacto emocional que deja en la infancia una crianza percibida como rígida, fría o excesivamente exigente.

Es importante aclarar que no se trata de un diagnóstico clínico reconocido, sino de una metáfora desarrollada por la autora canadiense Lise Bourbeau en sus libros de autoayuda. Según su planteamiento, esta herida se activa alrededor de los cuatro años, cuando el niño comienza a interpretar que es tratado con desigualdad, que se le exige demasiado o que no se le reconoce por su valor propio. Aunque esta teoría no cuenta con validación científica sólida, ha servido como marco explicativo para muchas personas que buscan comprender su historia emocional.

La herida de injusticia suele asociarse a contextos familiares donde predominan las comparaciones constantes entre hermanos, la severidad extrema, la preferencia explícita por uno de los hijos o expectativas difíciles de cumplir. Ante ese entorno, el niño puede desarrollar una “máscara” de rigidez: aprende a no mostrar lo que siente, a reprimir su vulnerabilidad y a proyectar fortaleza como mecanismo de defensa.

En la adultez, esta dinámica puede traducirse en comportamientos que afectan tanto la autoestima como las relaciones interpersonales. Entre los rasgos más frecuentes se mencionan el perfeccionismo extremo, la autocrítica constante, la baja autoestima, la dificultad para aceptar opiniones ajenas, la desconfianza hacia los demás y el resentimiento. También puede aparecer una fuerte resistencia a la autoridad y una tendencia a negar los propios problemas emocionales.

Es fundamental subrayar que ninguno de estos rasgos, por sí solo, confirma la existencia de esta herida ni prueba una infancia marcada por la injusticia. Sin embargo, cuando varios de ellos se presentan de forma persistente y generan malestar significativo, pueden reflejar experiencias tempranas de exigencia desmedida o distancia afectiva. De hecho, algunos análisis publicados en revistas como Organizational Psychology Review señalan que las experiencias de trato severo o negligencia infantil pueden relacionarse con consecuencias como ansiedad, insomnio, depresión o incluso síntomas de estrés postraumático.

El primer paso para sanar es el autoconocimiento. Identificar patrones repetitivos, reconocer las propias necesidades emocionales y cuestionar la búsqueda constante de aprobación externa permite empezar a desmontar la rigidez aprendida. Aceptar el dolor no significa resignarse a él, sino comprender que forma parte de la historia personal y que puede transformarse a través de la autocompasión y la autocomprensión.

Liberar la culpa es otro punto clave. Es natural experimentar enojo hacia quienes generaron la herida, pero aferrarse al resentimiento prolonga el sufrimiento. Perdonar no implica justificar conductas dañinas, sino decidir no seguir cargando con ese peso emocional. Entender que muchas personas actuaron desde sus propias limitaciones puede facilitar este proceso.

Construir relaciones sanas también resulta esencial. Aprender a delegar, flexibilizar el perfeccionismo y mostrarse vulnerable favorece vínculos más auténticos. Cuando una persona comienza a tratarse con mayor amabilidad, esa actitud suele reflejarse en la forma en que se relaciona con los demás.

Practicar la atención plena puede ayudar a dejar de vivir anclado al pasado. Centrarse en el presente, agradecer lo que se tiene y desarrollar la capacidad de disfrutar los pequeños momentos cotidianos contribuye a debilitar la influencia de experiencias antiguas. El mindfulness, por ejemplo, puede ser una herramienta útil para reconectar con el aquí y ahora.

En muchos casos, el acompañamiento psicológico marca la diferencia. La terapia ofrece un espacio seguro para validar experiencias, trabajar la aceptación y desarrollar estrategias de afrontamiento más saludables. Sanar no significa borrar lo vivido, sino integrar la experiencia sin que determine cada decisión o relación.

Atender la herida de injusticia implica quitarse la coraza construida en la infancia y permitirse ser vulnerable. Lejos de ser un signo de debilidad, esta apertura es una muestra de fortaleza emocional. Reconocer lo que se merece, valorarse sin condiciones y avanzar sin el peso constante del pasado es un proceso posible, y comienza con la decisión de mirarse con honestidad y compasión.

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